He bajado al centro. En esta ciudad, chico, se dan importancia: hablan de bajar, cuando se trata de alcanzar un lugar cercano, el codo del mismo brazo.
He bajado, pues, y volví a ver el mar, se me olvida que está ahí, volando en campanas de espuma: quiero que me enseñes los secretos, que me digas el lugar donde rompen las olas; el trayecto de las corrientes traidoras.
Entré en mi librería: es como una dependencia más de mi casa, conozco dónde está cada uno de los libros que me gustan. Quiero llevarte al estante donde descansa Rimbaud. Leer para ti: "¡Oh!, nuestros huesos se ha revestido de un nuevo cuerpo amoroso".
Salí a la calle: vi zapatos nuevos, jugadores de parchís y carcajadas, chicos de tu edad, músicos, encendí otro cigarro, franqueé un papel sobre el cual, con esmero de calígrafa, había redactado tu nombre. Quiero introducirte en los ritos idiotas de mis días.
Conduje con calma (miento) esperando conscientemente que los semáforos se cerrasen para detener el reloj, para alargarte en el rojo intervalo. Quiero ganar tiempo para nosotros, solos, lejanos, distintos y, al tiempo, en el mismo vehículo.
Espero que se me entienda. A veces logro escribir clara como una niña aplicada. Espero que se me entienda. Quiero devolverte a mis cuadernos.
Me encontré esta noche con el desencuentro de dolores de espalda, con las enumeraciones de Alejandra, con las deudas, siempre las deudas.
No me queda otra que hablar con palabras pasadas, grapadas en esta, mi casa. Y no, no me quejo, me he propuesto dejar de quejarme hace tan sólo unas horas, cumpliré.
Vigilé esta noche el vómito, el desmayo, música africana para blancos... vigilé mi decepción, pero no me quejaré, sólo quiero ser clara.
Conduje borracha el carro de almas ajenas, la quietud del baile, las obras de teatro, las miradas furtivas.
Y... no, no espero que se me entienda aún siendo clara, sólo espero entender. A ti te entiendo y me vale.
C

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